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Fernando Carrasco Ferreira
Fernando Carrasco Ferreira


FERNANDO CARRASCO FERREIRA, MERECIDO HOMENAJE.

 

El Ayuntamiento de Bollullos ha tenido el buen acuerdo de homenajear a dos ilustres hijos del pueblo: el pintor Fernando Carrasco Ferreira y el cantaor flamenco Ildefonso Pinto. Quiero unirme al merecido homenaje de ambos, aunque razones de sangre y de gratitud me impulsan a dedicar unas líneas a Fernando, mi tío, a quien debo mi afición artística y el aprendizaje de la pintura, que en mí no llegó a arte para quedarse en habilidad. Recuerdo cuántas veces de pequeño iba a casa de mis abuelos con mi padre, y subía con mi hermano al estudio que él tenía en la planta alta de la casa. Allí le vi pintar cuadros y cuadros, e incluso hacer algún pinito de modelado en barro; allí curioseé sus libros de arte y me familiaricé con las obras de los grandes maestros. Por el año sesenta y seis, él me ayudó a perder una especie de respeto reverencial que yo tenía a la pintura al óleo, y me regaló tubos, pinceles y, sobre todo, nociones elementales y el consejo del pintar del natural. Después, él comprobaba mis pinitos, y, con dos toques magistrales, no más, convertía un bodegón o un paisaje en algo bastante digno de un aficionado. Pero no escribo para hablar de mí, sino de Fernando y de su obra.

En febrero del pasado año estuve en su casa de Sevilla, dispuesto a obtener de él algunos datos de su itinerario artístico. Muy poco se ha escrito de él. Es un hombre tímido, de pocas palabras. No conserva recortes de prensa. Hizo muy pocas exposiciones. No se movió en los circuitos oficiales. Pero es un artista como la copa de un pino. Y, ya se sabe, los historiadores trabajamos con documentos, lo que casi significa que lo que no está escrito no existe. Así que le sometí a una entrevista, y conseguí poner en pie al menos las fechas más notables de su currículum.

Fernando nació en Bollullos del Condado el 8 de marzo de 1925, hijo de José Carrasco Salas y Matilde Ferreira Ramos, el octavo de ocho hermanos: Joaquín, Antonio, Manolo (mi padre), dos hermanas que murieron pequeñas, Juan, Fernando y Joselito (padre de Matilde, otra gran pintora). En el colegio, en 1937, llamaba la atención que, en vez de ilustrar los trabajos con recortes, los presentaba con dibujos propios. El maestro, Enrique Sicilia Sancho, se lo comentó al escultor y tallista de Bollullos, Antonio Delgado Jiménez, quien a su vez lo puso en relación con Félix Lacárcel, que a la sazón se encontraba en Bollullos restaurando unos cuadros que habían adquirido Jerónimo y Adulfo Neble.

Tenía quince años cuando Félix Lacárcel le preparó en su estudio para ingresar en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, que se reorganizaba en 1940. Practicó copiando esculturas del Museo Arqueológico y de la Glorieta de Bécquer. En una ocasión se le acercó Juan Lafita, y le preguntó, en broma, si era “Gitanillo de Triana”, por su tez morena y el pelo ondulado. Le encantaron sus dibujos.

En septiembre de 1941 ingresó en la Escuela de Bellas Artes, con Juan Antonio Rodríguez, Calvo Carrión, Moreno Galván, Juan Talavera, Maireles, Rosario Fernández, Loli Sánchez, José Trueba y otros más. Fueron sus profesores los pintores José María Labrador, Santiago Martínez, Sebastián García, Antonio Díaz Fernández -natural de Bollullos-, Alfonso Grosso, Juan Miguel Sánchez, Rafael Cantarero; los escultores, Sánchez Cid, Miguel del Cid, Pérez Comendador; y los historiadores: Hernández Díaz y Sancho Corbacho. Enrique Pérez Comendador le ofreció una beca en 1942 por un bodegón de una fuente que le gustó mucho.

En el curso 1946-47 hizo el campamento militar en Ronda. Fue destinado luego como alférez de complemento a Ferrol. Allí hizo una exposición en el Casino Ferrolano y en la Asociación de Artistas de La Coruña. En el estudio de Manuel Pérez de Arévalo pintó muchos retratos, sobre todo de familiares de militares y marinos, como las hijas del capitán Cardona.

Recuerda alguna de sus primeras obras. De 1948 es el apunte a lápiz de la ermita de las Mercedes de Bollullos, que fue publicado en la revista de la Coronación Canónica de la Virgen. Tuvo amigos que le apoyaron incondicionalmente en la difícil tarea de abrirse camino en el mercado del arte. No puedo recordarlos a todos, pero nadie como Romualdo León Mora (primo de Monís Mora) y su familia. El retrato de sus hijas, Isabelita y Mari, fue un éxito en la exposición de primavera del Ateneo de Sevilla, en 1948. Hacia 1954 pintó la bóveda de la capilla de San José, de la parroquia de Bollullos.

Encontró también apoyo en Pepe Ramírez, tallista y decorador de La Palma, quien le facilitó numerosos trabajos. Hacia 1958- 59, por encargo de don Ignacio Cepeda, Vizconde de La Palma, para el Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados de Huelva, pintó un cuadro de Santa Teresa de Ávila y un San Rafael, para el que sirvió de modelo su cuñado Juan.

En 1959 se casó con Mercedes Mairena Camacho, de quien tiene dos hijas: Mercedes, doctora en medicina, y Ana María, pintora y licenciada en Bellas Artes.

De enero a mayo de 1961, por encargo de don Luis Espinosa, realizó las pinturas del Palacio de las Rocinas. Dos techos de 12 x 6 m., los del salón de fiestas y el comedor. La aparición de la Virgen del Rocío y dos murales religiosos, en la capilla. Otro cristal con un ciervo en el ventanal de la escalera de subida, realizado por la técnica del óleo por transparencias, con siena tostada. Temas de Rubens, la Creación de Miguel Ángel, cuerno de la abundancia. A don Luis Espinosa, que había estado de cacería en África, le pintó animales de fauna africana.

Desde 1961 ha ejercido la docencia en Institutos de Enseñanza Secundaria. Primero, como interino del Instituto Delgado Hernández, de Bollullos, desde que se inició como Sección Delegada del Instituto Rábida, de Huelva, y en el de Almonte, en las mismas fechas. En 1968 obtiene plaza de Agregado de Instituto en Dibujo. Es destinado a Porriño (Pontevedra) en 1969, regresando a Bollullos en el curso 1970-71. Aquellos primeros años de vida docente aminoraron un poco el ritmo de la creación artística. Por concurso de méritos obtiene la Cátedra de Dibujo en 1982, pasando al Instituto Alonso Sánchez, de Huelva, hasta 1986. Regresa a Bollullos y Almonte en el curso 1986 hasta el curso 1990-91, en que se jubiló. Traslada definitivamente su residencia a Sevilla en 1991.

Tuvo clientes en Suecia y en Portugal. Para Louis Lindgrem, ingeniero de Fallum (Suecia), pintó muchas cosas en óleo sobre papel, por el año 1961. Entre 1973 y 1976 envió cuadros para Portugal, para una galería de arte en Valle del Lobo, Argentil. Pinta sin descanso para la casa Pueyo, de Sevilla, que adquiere toda su producción.

Imposible recordar sus innumerables obras. Traigamos a la memoria, al menos, los asuntos que salen de su paleta: bodegones, floreros, paisajes, retratos y estampas costumbristas, de ambiente rociero, sevillanas, fiestas, flamencos, gitanas, etc. No se ha prodigado en el tema religioso, aunque hizo unos intentos muy acertados de crear espacios y perspectivas inéditas en escenas del Evangelio -Ecce Homo en el pretorio, Entierro de Cristo, Asunción-, experimentando una veta que luego no continuó. Por encargos, ha copiado Inmaculadas y otras obras de Murillo, sin perder la personalidad de su pincelada. Con gran acierto ha realizado “retratos” de imágenes tan veneradas como Virgen del Rocío, la Virgen de las Mercedes, la Macarena, la Esperanza de Triana, el Gran Poder o el Cachorro. El retrato de personas (prefiero no enumerarlas) lo consigue admirablemente, otorgando frescura y vitalidad a sus modelos, de un parecido asombroso.

No es un arte pretencioso ni en sus formas ni en su contenido. Es como una música de guitarra que no necesita letra. Su arte es el descubrimiento y la transmisión de la pura, bella y sencilla realidad, ennoblecida por el buen gusto, interpretada por una sensibilidad directa, ajena a planteamientos de escuela o de tendencias intelectuales. Lo más notable de su personal estilo es el dibujo, muy seguro, muy sólido, aunque después lo envuelva en brumas y desenfoques. Las figuras, con levísimas pinceladas, que no pasan de insinuaciones, quedan perfectamente delineadas y ubicadas en el espacio. Y, aunque parezca contradictorio, desdibuja continuamente con pincelada suelta, para crear un ambiente vaporoso, impresionista. Pienso, no obstante, que hunde más sus raíces en el mejor Murillo de su última época y en Goya que en los franceses de fines del XIX. No es muy colorista: se mueve con comodidad en una paleta cromática sobria y reducida, en la que predominan los blancos, sienas y ocres. Quizás por eso destacan más las manchas de color de los bodegones de frutas y flores. Los temas del Rocío supusieron para él un avance importante para la personalización de su estilo, refrescaron la paleta y dieron movimiento a su pintura.

Aunque no ha frecuentado los circuitos artísticos, cuenta en su haber con no pocas exposiciones, que enumero por encima, esperando poder completar la relación y concretar los años. En Bollullos del Condado ha presentado varias exposiciones, desde aquella primera del Círculo de Labradores en el año 48, hasta las más recientes: la de bodegones de uvas y frutas, de septiembre de 1994, o la antológica de este año 2002. En La Palma, en la Caja San Fernando. En Huelva y Gibraleón, en 1964, con Enrique Monís Mora. En Cáceres, dos exposiciones, en el Colegio Oficial de Médicos. En Sevilla, varias asistencias a las exposiciones de primavera del Pabellón Mudéjar, con opción al premio Murillo (1948), en el Ateneo (1963), en el Banco Occidental (1982/83), en el Círculo Mercantil. En Málaga (1973), en Madrid (1974/75).

La exposición antológica de septiembre de 2002 justifica sobradamente por qué Bollullos, dedicándole una calle, ha rendido un homenaje más que merecido a este pintor, que, desde la más absoluta sencillez, no ha pretendido otro honor que el que su obra guste al que la contempla.

Actualizado: 28/11/2017


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